EN LINEAS GENERALES SE PLANTEA LA PROBLEMATICA DE LA MUJER SOLT
ERA, QUE POR CIRCUNSTANCIAS DE LA VIDA, ESTA SOLA, NO DESCONOCIENDOSE QUE TAMBIEN, LOS HOMBRES SON AFECTADOS POR ESTE ESTADO, SEA POR ELECCION U OTRAS RAZONES QUE SOLO ELLOS(AS) CONOCEN. EL TEMA PUEDE SER ANALIZADO DESDE PERPECTIVAS DIFERENTES. EN ESTA OCASION, SE ESBOZAN IDEAS GENERALES CON EL MAYOR RESPETO HACIA MIS AMIGAS Y A QUIENES SE SIENTAN INTERPRETADOS.
Cecilia es una de las tantas pasajeras que no pudo embarcarse o como, despectivamente, se indica “La dejo el tren”, cuarentonas, cincuentonas... da lo mismo, mujeres al fin que han hecho de su soledad el cómplice permanente de su nostalgia. Feminas que por diversas circunstancias o tal vez porque era su destino, como se argumenta livianamente, hoy carecen de una pareja. ¡Cómo quisiera tener un compañero para salir!, para compartir una rica cena, una caminata, una tarde de compras, alguien con quien hablar, de quien despedirse con un buenas noches y que más decir con ¡un buenos días mi amor! sollozaba mi amiga, dando señales de una conformidad que la acompaña para no caer en el abismo porque ¡debo seguir viviendo! exclama con altivez sin ocultar, su rostro, la tristeza que la embarga.
Mujeres -profesionales- con un pasado, que quisieron construir una familia, hacer historia más allá de los estudios que tienen, los magister y viajes por el mundo, sienten la necesidad de amar, de volcar ese cúmulo de emociones y sentimientos en un hijo, en un hombre capaz de entender y disfrutar los matices del amor. Solteronas, despectivamente, se les dice desconociendo que el peso de ese estado ha tenido un enorme costo, sobre todo, para quienes no eligieron esa opción.
Anhelan sentir los pasos de ese alguien, que desnuden sus cuerpos, susurren en sus oídos y desgarren sus encajes íntimos con manos presurosas en busca de una pasión desenfrenada, ¡para qué hablar de un orgasmo! a muchas de ellas -en conversaciones sostenidas- se les ilumina el rostro sólo con saber que pueden despertar pasiones, que están preparadas para amar y, que dentro de sí, hay un cúmulo de energías que quieren vaciar, sin límites, en un hombre abierto a los encantos y frenesí de una mujer que sueña en convertirse en hembra, porque en el fondo de su ser y, en el recuento de su pasado, hay un capítulo inconcluso que quieren sellar. Imaginariamente esbozan el escenario del placer, como la actriz que entrara en escena escoge sus mejores atuendos, elige cautelosamente los encajes que moldearán su delicada y frágil figura, sus manos se esmeran preparando delicados bocados para degustar y unas velas aromáticas aguardan el calor de ese fuego intenso que emanará cuando llegue el actor. La función -en términos de espectáculos- debe comenzar, sólo que el público por esta vez, no existe. Mujer y hombre, macho y hembra se entregarán a los encantos de deslizar sus manos, mientras sus lenguas, como desgarradas, juguetean en el entorno de labios calientes y carnosos, presurosos también, de esparcirse por senderos que los llevarán a un sexo húmedo ansioso, abierto y dispuesto. El silencio inunda el espacio, las miradas se cruzan, los brazos se extienden, respiraciones agitadas colman el lugar, y quejidos de éxtasis develan la intimidad de una pasión desbordada, donde sólo hay cabida para dos.

Cecilia es una de las tantas pasajeras que no pudo embarcarse o como, despectivamente, se indica “La dejo el tren”, cuarentonas, cincuentonas... da lo mismo, mujeres al fin que han hecho de su soledad el cómplice permanente de su nostalgia. Feminas que por diversas circunstancias o tal vez porque era su destino, como se argumenta livianamente, hoy carecen de una pareja. ¡Cómo quisiera tener un compañero para salir!, para compartir una rica cena, una caminata, una tarde de compras, alguien con quien hablar, de quien despedirse con un buenas noches y que más decir con ¡un buenos días mi amor! sollozaba mi amiga, dando señales de una conformidad que la acompaña para no caer en el abismo porque ¡debo seguir viviendo! exclama con altivez sin ocultar, su rostro, la tristeza que la embarga.
Mujeres -profesionales- con un pasado, que quisieron construir una familia, hacer historia más allá de los estudios que tienen, los magister y viajes por el mundo, sienten la necesidad de amar, de volcar ese cúmulo de emociones y sentimientos en un hijo, en un hombre capaz de entender y disfrutar los matices del amor. Solteronas, despectivamente, se les dice desconociendo que el peso de ese estado ha tenido un enorme costo, sobre todo, para quienes no eligieron esa opción.
Anhelan sentir los pasos de ese alguien, que desnuden sus cuerpos, susurren en sus oídos y desgarren sus encajes íntimos con manos presurosas en busca de una pasión desenfrenada, ¡para qué hablar de un orgasmo! a muchas de ellas -en conversaciones sostenidas- se les ilumina el rostro sólo con saber que pueden despertar pasiones, que están preparadas para amar y, que dentro de sí, hay un cúmulo de energías que quieren vaciar, sin límites, en un hombre abierto a los encantos y frenesí de una mujer que sueña en convertirse en hembra, porque en el fondo de su ser y, en el recuento de su pasado, hay un capítulo inconcluso que quieren sellar. Imaginariamente esbozan el escenario del placer, como la actriz que entrara en escena escoge sus mejores atuendos, elige cautelosamente los encajes que moldearán su delicada y frágil figura, sus manos se esmeran preparando delicados bocados para degustar y unas velas aromáticas aguardan el calor de ese fuego intenso que emanará cuando llegue el actor. La función -en términos de espectáculos- debe comenzar, sólo que el público por esta vez, no existe. Mujer y hombre, macho y hembra se entregarán a los encantos de deslizar sus manos, mientras sus lenguas, como desgarradas, juguetean en el entorno de labios calientes y carnosos, presurosos también, de esparcirse por senderos que los llevarán a un sexo húmedo ansioso, abierto y dispuesto. El silencio inunda el espacio, las miradas se cruzan, los brazos se extienden, respiraciones agitadas colman el lugar, y quejidos de éxtasis develan la intimidad de una pasión desbordada, donde sólo hay cabida para dos.
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